Jesús resucitó, pero todavía no me siento resucitado(a), ¿qué hago?
Por: Sor Ivannia López Gurdián
Tiempo de lectura: 3 minutos

Nada. Quizá esa sea la respuesta rápida a la pregunta que ahora puedes hacerte, pero déjame te cuento un poco más…

Jesús resucitó hace dos milenios y la Iglesia sigue conmemorando cada año, ese misterio de nuestra fe, que le da el sentido más hondo y verdadero (cf. 1 Co 15, 14): de hecho, cada vigilia Pascual ante el canto del Pregón, las velas encendidas en nuestras manos, el Himno del Gloria, la renovación de las promesas bautismales y tantos otros elementos, se nos invita a sentir profundamente que Él ¡verdaderamente ha resucitado! Pero no siempre es una experiencia sensible, palpable…

Podríamos decir a todo pulmón “¡Aleluya, Cristo ha resucitado!” y no sentir nada… ¿te ha pasado? A mí sí, y por eso quiero compartirte un secreto que me enseñó San Ignacio de Loyola… ¡toma nota!

Aconseja el santo, en la cuarta semana de los Ejercicios Espirituales:
“pedir gracia para alegrarme y gozarme intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor”. [221]

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Sí, ¡ese es el secreto! 

¡Pedir gracia para alegrarme y gozarme! 

Porque la Pascua no es una celebración cualquiera, sino que la sola palabra indica “paso” (pascua en hebreo es “pesáh”), ¡Dios PASA por nuestra vida! No somos nosotros los protagonistas del evento salvífico, ¡es Cristo mismo, resucitado, quien hace Pascua por nuestra historia!

La resurrección, hace dos mil años sucedió como sigue sucediendo hoy: como una EXPERIENCIA personal y a la vez comunitaria…
Si bien Jesús se apareció a algunas personas de forma individual: para San Ignacio, la primera habrá sido su Madre, la Virgen María -aunque los Evangelios no lo cuenten-; se apareció a María Magdalena (cf. Juan 20, 14) o a Simón (cf. Lc 24, 34); pero sobre todo se apareció a la comunidad cristiana: a las mujeres cuya tristeza la transformó en consuelo cuando les dijo “¡ALÉGRENSE!” (Mateo 28, 9), a los Once para darles como fruto de pascua la PAZ (Juan 20, 26), a los discípulos de Emaús dándose Él mismo como alimento en la Palabra y la fracción del pan (Lucas 24, 34-35), etc.

Si aún no has experimentado la resurrección de Jesús, porque más que gritar ¡aleluya!, es una EXPERIENCIA… búscale allí donde los que vivieron la primera semana santa de la historia lo encontraron: en la Palabra, en la alegría, en los sacramentos, en tu sepulcro (¡sí! porque incluso en tu dolor puedes encontrar a Jesús resucitado), pero eso sí, con la conciencia de una verdad que nos enseña el santo de Loyola: la resurrección en nosotros es sentir “los verdaderos y santísimos efectos de ella” [Ejercicios Espirituales 223].

¿Qué es esto? Que no se trata de contemplar la Pascua como un tiempo litúrgico más, sino que sus efectos se noten en nuestra vida porque hemos hecho EXPERIENCIA de los mismos. ¿No sientes todavía que Él ha resucitado en ti? ¡Pide la gracia, pide los “efectos” de la pascua, los frutos espirituales!

La clave de la Pascua, está en ¡ser testigos de la resurrección! (cf. Hechos 2, 32) No se trata de sentir nada más, es llevar su mensaje, volvernos a la Galilea de nuestra historia, nuestra misión y allí encontrar al Señor, ¡Él va adelante! (cf. Marcos 16, 7). Él está en el pobre que vive con esperanza, en el enfermo que tiene confianza o en aquel que, con todo en contra, vive con la alegría de saberse por Dios amado…

¿Ya ves por qué no tienes que hacer “nada” si todavía no sientes que Jesús ha resucitado en ti? 

 

No se trata de hacer tú… sino, de dejarlo a Él, hacer en ti…

 

¡Felices Pascuas de Resurrección!

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